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Pertinencia de una Ética Social Cristiana en el contexto pastoral salvadoreño

Revista Nuestro Tiempo, Vol. 18, enero – junio 2020, páginas 4-9
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Berardo Tejada
Director de Proyección Social, Universidad Luterana Salvadoreña
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Resumen

El Salvador es un país, al igual que todo el istmo centroamericano, marcadamente religioso, en el cual la mayoría de la población dice profesar la religión cristiana, en cualquiera de sus diversas denominaciones. Para quien tenga un conocimiento siquiera básico de la propuesta de vida de Jesús de Nazaret, que ha llegado a nosotros en el Evangelio, le resulta escandalosa la contradicción que en el país se constata entre la religión que se profesa y las prácticas cotidianas, estructurales, institucionales, colectivas e individuales, puesto que tales prácticas no coinciden con los valores y el estilo de vida propuestos por Jesús de Nazaret. En efecto, vivimos en una sociedad marcadamente individualista, injusta, desigual, violenta, donde no existe congruencia entre los valores supuestamente asumidos al profesar la fe cristiana y la ética que se practica diariamente, que debería, más bien, dimanar de esos valores. Es que, del estilo de vida propuesto por Jesús, se desprenden consecuencias prácticas y éticas muy importantes para el mundo de las relaciones interpersonales y para la vida social. Por tanto, teniendo en cuenta la tradición social cristiana, en el presente escrito pretendemos incitar a una reflexión proactiva en cuanto a la necesidad de coherencia entre los valores del Evangelio de Jesús, que se asumen al profesar la fe cristiana, y la ética que implica a nivel social dicha fe. La tradición cristiana, a lo largo de los siglos y con todos los matices que pueda implicar, aún con las vicisitudes y desaciertos que hayan podido acaecer en su historia, ha desarrollado una importante enseñanza emanada del Evangelio, con la necesaria aportación de las ciencias humanas, para orientar la vida social, no sólo de los cristianos en particular, sino de la sociedad en general, teniendo en cuenta que tal enseñanza puede considerarse de carácter universal, aplicable para todos y todas.

Palabras clave: tradición cristiana, evangelio de Jesús, fe cristiana

Relevance of a Christian Social Ethics in the Salvadoran pastoral context

El Salvador is a markedly religious country, like the entire Central American isthmus, in which the majority of the population claims to profess the Christian religion, in any of its various denominations. For those who have even a basic knowledge of the life proposal of Jesus of Nazareth, who has come to us in the Gospel, the contradiction that is found in the country between the religion that is professed and the daily, structural, institutional, collective and individual practices, is scandalous since such practices do not coincide with the values and lifestyle proposed by Jesus of Nazareth. Indeed, we live in a markedly individualistic, unjust, unequal, violent society, where there is no congruence between the values supposedly assumed when professing the Christian faith and the ethics that are practiced daily, which should, rather, derive from those values. It is that, from the lifestyle proposed by Jesus, very important practical and ethical consequences arise for the world of interpersonal relationships and for social life. Therefore, taking into account the Christian social tradition, in this writing we intend to incite a proactive reflection regarding the need for coherence between the values of the Gospel of Jesus, which are assumed when professing the Christian faith, and the ethics that it implies at the social level this faith. The Christian tradition, throughout the centuries and with all the nuances that it may imply, even with the vicissitudes and mistakes that may have occurred in its history, has developed an important teaching emanating from the Gospel, with the necessary contribution of the human sciences, to guide social life, not only of Christians in particular, but of society in general, bearing in mind that such teaching can be considered universal in nature, applicable to all.

Keywords: Exegesis, hermeneutics, sociological method, New Testament, Judaism, Christianity.

1. Introducción

El Salvador es un país, al igual que todo el istmo centroamericano, marcadamente religioso, en el cual la mayoría de la población dice profesar la religión cristiana, en cualquiera de sus diversas denominaciones. Para quien tenga un conocimiento siquiera básico de la propuesta de vida de Jesús de Nazaret, que ha llegado a nosotros en el Evangelio, le resulta escandalosa la contradicción que en el País se constata entre la religión que se profesa y las prácticas cotidianas, estructurales, institucionales, colectivas e individuales, puesto que tales prácticas no coinciden con los valores y el estilo de vida propuestos por Jesús de Nazaret. En efecto, vivimos en una sociedad marcadamente individualista, injusta, desigual, violenta, donde no existe congruencia entre los valores supuestamente asumidos al profesar la fe cristiana y la ética que se practica diariamente, que debería, más bien, dimanar de esos valores. Es que del estilo de vida propuesto por Jesús, se desprenden consecuencias prácticas y éticas muy importantes para el mundo de las relaciones interpersonales y para la vida social.

Por tanto, teniendo en cuenta la tradición social cristiana, en el presente escrito pretendemos incitar a una reflexión proactiva en cuanto a la necesidad de coherencia entre los valores del Evangelio de Jesús, que se asumen al profesar la fe cristiana, y la ética que implica a nivel social dicha fe.

La tradición cristiana, a lo largo de los siglos y con todos los matices que pueda implicar, aún con las vicisitudes y desaciertos que hayan podido acaecer en su historia, ha desarrollado una importante enseñanza emanada del Evangelio, con la necesaria aportación de las ciencias humanas, para orientar la vida social, no sólo de los cristianos en particular, sino de la sociedad en general, teniendo en cuenta que tal enseñanza puede considerarse de carácter universal, aplicable para todos y todas.

2. Los principios de la Enseñanza Social Cristiana

La enseñanza social cristiana tiene una formidable sistematización en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz, del Vaticano, que recoge y ordena todos los documentos de contenido social, que emanan de la tradición cristiana.  Los principios enunciados y desarrollados en el mencionado Compendio son los siguientes:

2.1 Principio de la Dignidad humana

La dignidad de la persona humana es la piedra angular de toda la enseñanza social cristiana. En efecto, la tradición cristiana encuentra el fundamento de la dignidad de la persona humana en su condición de ser imagen de Dios (cf. Gn 1,26-27), lo cual implica, además, una vocación a alcanzar niveles de vida que estén en sintonía con tan grande dignidad, la cual se expresa en la unicidad e irrepetibilidad de la existencia de cada persona. Es muy necesario que cada persona, cada cristiano, así como los diversos grupos, sean capaces trascender la abstracción de este principio, y reconocer, respetar y promover la igual dignidad de cada persona humana concreta que vive (o sobrevive) en este país.

En nuestro país, es contradictorio con la igual dignidad humana de todos los salvadoreños el gran desprecio de la vida humana, manifiesto en los altos índices de criminalidad, homicidios, feminicidios, atentados, etc. También contradice a la dignidad humana, la escandalosa desigualdad social y económica, la concentración injusta de riqueza en poder de muy pocos, frente a millones de salvadoreños que viven bajo el umbral de la pobreza, con menos de cinco dólares al día. Y no es menos contradictoria la segregación y marginación histórica, estructural, social, laboral, sexual y cultural que se da a las mujeres. Los ejemplos se pueden multiplicar…

2.2 Principio del Bien Común

El Bien Común es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección. No consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social.  Son cuatro elementos que complementarían el Bien Común:

  1. Las condiciones sociales de paz, justicia y libertad;
  2. Un conjunto de bienes materiales, educativos, religiosos;
  3. Equidad en el reparto de esos bienes; y
  4. Una adecuada organización social.

La responsabilidad de edificar el bien común compete, además de a las personas particulares, también al Estado, porque el bien común es la razón de ser de la autoridad política.

¡Qué lejos El Salvador de contar con condiciones mínimas de paz, justicia y verdadera libertad, si somos contados constantemente entre los países más violentos del mundo! Debería darnos rabia e indignación las pésimas condiciones de vivienda en la que se encuentran cientos de miles de familias en comunidades marginales del Área Metropolitana de San Salvador, y en municipios rurales del interior del país. No se puede decir menos del acceso a educación de calidad, ¡y menos gratuita!, cuando se cuenta con centros educativos destartalados, no aptos para la educación elemental; con personal docente poco capacitado, tanto a nivel básico como en bachillerato; con escaso acceso a educación superior de calidad. La equidad en el reparto de los bienes, en nuestro país, es utopía: quienes más se gastan trabajando, reciben ridículos salarios, y sus patronos se llenan los bolsillos de dinero que no necesitan. Todo lo anterior es, tristemente, a la vez causa y consecuencia de una estructuración social deficiente e inadecuada.

2.3 Principio del Destino universal de los bienes

Con respecto al principio del Destino universal de los bienes, conviene tener muy en mente que “los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes”.  Urge que las familias católicas, de misa diaria y confesión semanal, que han amasado riquezas de manera injusta e indebida, se enteren de que son inmorales, al dejar a millones de cristianos, hermanos suyos, fuera del disfrute de los bienes que Dios creó para todos.

Esto puede sugerir un conflicto entre el destino universal de los bienes y el principio de la propiedad privada. Sin embargo, la verdad es que la tradición cristiana nunca ha aceptado el derecho a la propiedad privada como absoluto;  por tanto, se evidencia la necesidad de reglamentar el derecho de la propiedad privada: La propiedad privada, en efecto, en su esencia, sería sólo un instrumento para el respeto del principio del destino universal de los bienes, y por tanto, en último análisis, un medio y no un fin. En este sentido, la enseñanza social cristiana exhorta a reconocer la función social de cualquier forma de posesión privada. No es suficiente con la débil, y frecuentemente ignorada o realizada a regaña dientes, “responsabilidad social empresarial”, que bien podría ser un intento por acallar la conciencia de empresarios católicos que les exige justicia. Tal responsabilidad social no incide en una transformación real de las condiciones paupérrimas de tantas familias y personas en el país.

2.4 Principio de Subsidiaridad

El principio de Subsidiaridad, tiene que ver con el cuidado que el Estado ha de tener para con la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales… en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social.

Este principio se entiende, en sentido positivo, como ayuda económica, institucional, legislativa, ofrecida a las entidades sociales más pequeñas; y en sentido negativo, corresponde una serie de implicaciones, que imponen al Estado abstenerse de cuanto restringiría, de hecho, el espacio vital de las células menores y esenciales de la sociedad. Su iniciativa, libertad y responsabilidad, no deben ser suplantadas.

Ahora bien, tal subsidiaridad dista mucho de los subsidios asistencialistas no sostenibles que desde hace algunas décadas viene aplicando el Ejecutivo (vaso de leche, uniformes y zapatos escolares, cuota para adultos mayores, entre otros). La subsidiaridad auténtica, ha de facilitar que las personas obtengan las herramientas, conocimientos y capacidades necesarias para desarrollarse integralmente y valerse por sí mismas. No sólo dar el pescado, sino enseñar a pescar, facilitando la adquisición de la caña.

2.5 Principio de Solidaridad

El principio de solidaridad tiene también implicaciones tanto personales como sociales y estatales. A nivel personal, se trata de tender la mano, de apoyar al vecino, al compatriota, para construir juntos el bien común, especialmente con aquél que tiene menos ventajas para salir adelante. A nivel social, se trata de que grupos, asociaciones y comunidades apoyen a otros grupos asociaciones y comunidades, de diversas maneras, a alcanzar los estándares mínimos de calidad de vida. A nivel estatal, la solidaridad ha de entenderse como la opción preferencial por los más pobres, es decir, la promoción de su desarrollo humano integral.

Por otro lado, los estados que han alcanzado mayores niveles en sus estándares de calidad de vida, deben solidarizarse con quienes no han tenido iguales ventajas, para cooperar en su desarrollo integral. Esto aplica de manera muy particular a los países que han colonizado incluso continentes enteros, apropiándose de los recursos y potenciales, humanos, culturales, naturales, etc., de sus territorios colonizados, que en la actualidad han favorecido un nivel de vida ostentoso en dichos países, frente a niveles terribles de subdesarrollo de sus antiguas colonias.

Siguiendo a Jesús Peláez, podemos constatar que ciertamente el vocablo “solidaridad” no aparece en el Evangelio, pero el concepto  más próximo a solidaridad es “ágape”, y su base evangélica la podemos identificar en la “regla de oro” de  Mt 7,12: “Todo lo que querrían que hicieran los demás por ustedes, háganlo ustedes por ellos…”. Y la propuesta de solidaridad de Jesús de Nazaret consiste en proponer el ejemplo del Buen Samaritano  como estilo de vida centrada en la atención al otro, al prójimo. Es que es triste constatar cómo los que nos hacemos llamar seguidores de Jesús, en la práctica nos hemos alejado tanto de su propuesta, pues vivimos nuestra vida enfocados en nuestras propias necesidades y problemas, haciendo como que el prójimo no existe, “dando un rodeo” antes sus necesidades.

3. Ética social cristiana: una propuesta sobre la aplicación de la Enseñanza Social Cristiana en El Salvador.

Como se ha constatado, los principios de la enseñanza social cristiana son ejes transversales, que se tocan e implican unos a otros, y que, por su universalidad, bien pueden ser los principios que orienten una ética social que dictamine el curso que debe asumir el funcionamiento del aparato estatal, así como las iniciativas y/o emprendimientos de la empresa privada; una ética social que revise y corrija el modelo económico que ha hundido en la miseria a centenas de millones de personas en el mundo, el modelo económico que nada tiene que ver con los valores de Jesús consignados en el Evangelio; una ética social que proponga alternativas políticas adecuadas, impregnada de verdadera solidaridad, que favorezca el alcance del verdadero Bien común. En efecto, para que haya verdadera subsidiaridad, ha de haber una solidaridad sólida y concreta, que debe estar afianzada en la certeza de que los bienes en el mundo tienen un sentido universal, son comunes, lo cual implica una distribución equitativa, teniendo como fondo constante y permanente, la alta e inviolable dignidad de cada persona humana. Una ética social verdaderamente cristiana, humana.

Además, por su semejanza con los principios de la Constitución Política de El Salvador, así como por la afinidad cristiana de la mayoría de los salvadoreños, es importante notar que debería dársele mayor atención a estos principios, que deberían ser tomados muy en cuenta en los planes de gobierno, tanto nacionales como municipales, tanto en la Asamblea Legislativa, como en el Órgano Judicial, con un enfoque ético-científico, para garantizar el adecuado funcionamiento del Estado.

Los principios propuestos por la tradición social del cristianismo, están muy en sintonía con la filosofía humanista de nuestros tiempos, que han influenciado la organización política del estado moderno. Tan es así que algunos de esos principios, se hallan en el preámbulo de la Constitución Política de El Salvador: “animados del ferviente deseo de establecer los fundamentos de la convivencia nacional con base en el respeto a la dignidad de la persona humana, en la construcción de una sociedad más justa,esencia de la democracia y al espíritu de libertad y justicia, valores de nuestra herencia humanista…”

Considerando lo anterior, así como la conciencia religiosa de nuestro país, las profundas problemáticas sociales (desigualdad social y económica, concentración de la riqueza, monopolios de poder, depredación ambiental, migración, escaso acceso a educación y salud de calidad, inseguridad y violencia) con relativa facilidad se comprende la pertinencia y necesidad de aplicar los principios de la enseñanza social cristiana; que deberían impulsarlo de oficio los líderes cristianos de las diferentes denominaciones, para generar una conciencia social cristiana auténtica entre los adeptos y creyentes en Cristo Jesús. Es que las comunidades cristianas, especialmente los pastores,  sacerdotes, teólogos, deberían asumir un papel mucho más protagónico en este sentido, porque son sujetos sociales con mucha importancia. Sería muy oportuno que las comunidades cristianas, cultivada suficiente y maduramente la conciencia social de sus integrantes, teniendo en cuenta que el Evangelio tiene que permear las conciencias y las estructuras, impulsaran o reforzaran las iniciativas de formación política de los fieles, para que los creyentes, cuyo corazón y conciencia estén imbuidos del Evangelio, y su ética esté determinada por el estilo de Jesús de Nazaret, consideren, se planteen y se preparen para realizar un servicio de carácter público, honesto y transparente, ético, a la sociedad. Esto traería, en consecuencia, una nueva generación de políticos formados según el espíritu del Evangelio, según el estilo de Jesús, y un ejercicio más ético, responsable y transparente de la cosa pública.

Ahora bien, teniendo en cuenta la laicidad del Estado salvadoreño, se sobreentiende que ningún funcionario público puede imponer su visión religiosa sobre la sociedad salvadoreña. En este sentido, no se podría hacer una aplicación confesional de los principios de la enseñanza social cristiana desde el aparato estatal. Sin embargo, ello no elimina su aplicabilidad y pertinencia, desde una perspectiva ética y humanista, considerando su universalidad y vigencia. Efectivamente, sin verdadera ética, no hay auténtica democracia, capaz de generar desarrollo y condiciones humanas dignas. Por tanto, si los funcionarios públicos y los políticos quisieran ejercer sus funciones desde una perspectiva humanista y auténticamente ética, deberían incluir estos principios en sus agendas sociales y en sus corpus ideológicos. Naturalmente, esto suena bastante utópico en nuestra actualidad política salvadoreña. Pero los políticos y/o funcionarios públicos, tanto si son creyentes como si no, deberían considerar y aplicar estos principios. Si son creyentes, para mantener la coherencia entre la fe que dicen profesar en su fuero interno, con los hechos y acciones concretas que deberían reflejar lo anterior; si no son creyentes, han de considerarlos dado su valor universal, humanista y ético, pues reflejan una guía verdadera y muy válida para empujar el desarrollo humano auténtico e integral.

Por tanto, los principios de la tradición social cristiana significan no sólo una base importante, sino también necesaria, dada su universalidad, para la confección de una ética social de inspiración cristiana, que debería estar contenida en los procesos formativos de las distintas comunidades eclesiales, específicamente en lo que atañe a la realidad socio-política de la que dichas comunidades forman parte. Deberían ser, además, considerados dentro de los procesos de formación en los sistemas de educación, especialmente en la Educación Media; y contenidos obligatorios en asignaturas y carreras de ciencias sociales y políticas, en Educación Superior. Y nada impide que tales principios sean integrados también en los estatutos de los partidos políticos que, de manera tendenciosa y demagógica, afirman trabajar y luchar por el desarrollo del país.

Esto generaría una toma de conciencia y compromiso con el ejercicio responsable y ético del poder político, que generaría en el mediano y largo plazo una clase política capaz de articular ejercicio de poder y ética, en beneficio del bien de todos.

Referencias bibliográficas

  1. LPG Datos, 31 de octubre de 2017: https://www.laprensagrafica.com/lpgdatos
  2. Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la doctrina social de la Iglesia. Librería Editrice Vaticana, 2002.
  3. Rostros alternativos de la solidaridad, Ed. Nueva Utopía, Madrid, 1997.
  4. Constitución Política de El Salvador, 1983.

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Referencias Bibliográficas

  1. LPG Datos, 31 de octubre de 2017: https://www.laprensagrafica.com/lpgdatos
  2. Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la doctrina social de la Iglesia. Librería Editrice Vaticana, 2002.
  3. Rostros alternativos de la solidaridad, Ed. Nueva Utopía, Madrid, 1997.
  4. Constitución Política de El Salvador, 1983.

Cita recomendada en formato APA

Tejada, B. (2020). Pertinencia de una Ética Social Cristiana en el contexto pastoral salvadoreño. Revista Nuestro Tiempo, 18(1), pp. 4-9.