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Historia de la conquista

Revista Nuestro Tiempo, Vol. 20, enero – junio 2021, páginas 1-6
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Armando Briñis Zambrano
Director del Centro de Investigaciones de la Universidad Luterana Salvadoreña. Catedrático de la Universidad Tecnológica, de la Universidad Don Bosco y de la Universidad Evangélica. Doctor en Ciencias Históricas. Grado científico concedido por el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la República de Cuba a solicitud de la Universidad de La Habana.armando.brinis@uls.edu.sv
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Editorial

Después de la caída del Imperio Azteca,  Pedro de Alvarado cruzó el río Paz el 6 de junio de 1524. Según los documentos de la conquista, el guerrero y cacique de Izalco Atonal , realizó la defensa, siendo derrotado en las batallas de Acaxual y Tacuzcalco donde fue asesinado.

Supuestamente cuando los españoles llegan a Cuzcatlán, el “Tagatécu” Atlacatl  realizó la defensa en las montañas y derrotó a Alvarado. Atlacatl o el líder que los comandaba, en 1526 destruyó la primera villa de San Salvador fundada por Gonzalo Alvarado (hijo del primero) y finalmente fue derrotado y asesinado por Diego de Alvarado (el otro hijo), quien refundó la villa de San Salvador en 1528.

Entre 1528 y 1540 el territorio del Señorío de Cuzcatlán sería totalmente conquistado y pacificado, permitiendo así la colonización española. Al igual que los otros territorios conquistados, las causas de la derrota estuvieron en la aplastante superioridad militar de los españoles y las propias divisiones dentro del conglomerado de etnias y comunidades autóctonas. En el caso de la conquista de El Salvador los españoles se hicieron acompañar de tropas auxiliares conformadas por tlascaltecas y cachiqueles.

La conquista del territorio significó el fin de una época de poblamiento indígena que había durado varios milenios. Después de miles de años de aislamiento, el territorio fue incorporado por la fuerza al naciente Imperio español y convertido en colonia. El Imperio determinó que el territorio que hoy ocupa El Salvador formara parte de la Capitanía General de Guatemala, la cual dependía administrativamente del virrey de la Nueva España. La población nativa sobreviviente, diezmada por las guerras de conquista y por las nuevas enfermedades provenientes de Europa, pasaron a ser “indios” de las Indias Occidentales y su trabajo sería servir a sus conquistadores.

En los años que siguieron a la conquista, los españoles introdujeron animales y cultivos europeos en el territorio de El Salvador. Hubo un gran esfuerzo para inculcar la cultura y la religión de los conquistadores a los indígenas. Las órdenes religiosas, en especial los franciscanos y dominicos, colaboraron con el Imperio español en el proceso de evangelización., asimilación del idioma y la ley de los colonizadores.

El sistema de encomienda como aparato de control de la mano de obra indígena y de aculturación en el espacio Hispanoamericano (Siglos XVI y XVII).

Cuando el sistema de encomienda entró en funcionamiento, como la manera de relación entre dominadores-dominados con la sociedad indígena, se impuso un sistema de dominio colonial adecuado para la obtención de tributos y servicios personales por parte del encomendero.

La encomienda, como aparato organizador de la mano de obra indígena, produjo cambios en la distribución de la población y además el requerimiento de productos (en casos desconocidos por los indígenas) para el abastecimiento de la población.

Este sistema de encomienda trajo consigo la doble finalidad de obtener riquezas e integrar al indígena a la cultura española por medio de la evangelización y la prédica de costumbres cristianas.

La encomienda consistía en la entrega de un grupo de indígenas a un español para su “protección, educación y evangelización” a cambio de cobrar (el encomendero) un tributo. El deber de los encomenderos era entonces instruir al indígena en la fe católica y hacerles hábitos de supuestas buenas costumbres.

En la segunda mitad del siglo XVI, las encomiendas fueron limitadas legalmente a un tributo calculado mediante la multiplicación del número de tributarios por la cantidad que cada uno tenía que pagar. Hacia mediados del siglo XVI, la emigración española hacia el nuevo Mundo alcanzó niveles elevados y de manera acelerada aparecieron pueblos de españoles, generando una demanda de alimentos, en particular aquellos productos que todavía los agricultores indígenas no podían suministrar, como carne, trigo, azúcar y vino.

El hecho de que los indios tuvieran que pagar tributos fue una de las primeras y más fundamentales convicciones españolas en el mundo colonial. “En teoría, los indios pagaban el tributo como obligación de “vasallos” de la corona (este término fue usado en el período colonial) a cambio de beneficios, o supuestos beneficios, de la civilización española. En la época anterior a la conquista, muchos indios tenían que pagar tributo, hecho que facilitó en teoría y en la práctica la exacción tributaria”

“De 1521 a 1542, los encomenderos dispusieron libremente de la energía de los indios de encomienda. No se modificó el sistema aborigen preexistente de reciprocidad para la producción de bienes y la prestación de servicios. Bajo el sistema de encomienda, el indígena conservó sus vínculos con el pueblo y grupo al que pertenecía, estableciendo con el encomendero una relación temporal, que consistía en un trabajo estacional y sin especialización, que debido a su carácter político de súbditos no implicó remuneración salarial alguna”.

Si bien los españoles aceptaban que los indígenas eran seres humanos, pensaban que, como los niños, no eran responsables de sus actos y, por tanto, debían ser “encomendados” al cuidado de otros, lo que también sirvió como justificación de este sometimiento. Por lo tanto, la encomienda fue una institución que permite consolidar el espacio que se conquistaba, puesto que organizaba la mano de obra de las sociedades existentes de manera tal que beneficiaran a la corona española.

Cabe destacar que, como institución legal, la encomienda no implicó derechos sobre las tierras de los indios. Durante el inicio de la conquista, la adquisición de tierra no fue el principal objetivo de los españoles. Ante todo, los españoles quisieron establecer en el Nuevo Mundo una sociedad organizada entorno a núcleos urbanos, a semejanza de las existentes en España. Estos pueblos disponían en sus alrededores de una población indígena campesina, sujeta a un sistema de dominio colonial indirecto, que proporcionaría el abastecimiento de alimentos.

El trabajo en la encomienda raramente difería de la esclavitud, y los indios continuaban sobrecargados de trabajo e igualmente maltratados en los años de la conquista. En contra de la ley, a veces, los indios de encomienda eran vendidos o alquilados por sus encomenderos; poco se hizo para asegurar la cristianización de los trabajadores o para proporcionarles el bienestar que requería la ley. En las Indias Occidentales las encomiendas concluyeron al cabo de dos generaciones, debido a la extinción de la población aborigen.

Los tributos indígenas (que podían ser metales, o bien alimentos como el maíz, trigo, pescado o gallinas) eran recogidos por el cacique de la comunidad indígena, quien era el encargado de llevarlo al encomendero. El encomendero estaba en contacto con la encomienda, pero su lugar de residencia era la ciudad, bastión neurálgico del sistema colonial español, y era un vecino de ella que incluso podía ser que integrara el Cabildo, institución que tenía control sobre el ámbito urbano y rural.

Más allá de ser el ámbito de control, la encomienda no era el ámbito cotidiano del encomendero, sino que, por el contrario, este estaba ligado al seno de la ciudad, e incluso era parte funcional de ella.

Desaparecida la idea de los tesoros escondidos, los españoles pensaron en la posibilidad de organizar en el Nuevo Mundo una sociedad como la europea, construida en América sobre el trabajo indígena. Es decir, que, si bien los blancos vivían separados de los aborígenes, a la vez los necesitaban como mano de obra.

Al principio los colonizadores fueron atraídos hacia las zonas densamente pobladas del México Central y de los Andes Centrales, donde dieron más importancia al botín, minas, mano de obra y tributos que a la tierra. Por consecuencia fueron estas zonas las que sufrieron las conquistas mayores y las que más pronto se vieron afectadas por las encomiendas más prolongadas del continente.

La encomienda fue la institución inicial adecuada y, de modo significativo, no comportaba la concesión de tierra, sino la concesión de indios para tributos y trabajos, por cascada se entregaba el usufructo de la tierra que esta mano de obra encomendada habita:

Según el sistema hereditario de la península ibérica la propiedad de la tierra suponía tradicionalmente beneficio económico y posición social. Pero el traslado de esta tradición al Nuevo Mundo fue retrasado por la existencia de una amplia y densa población indígena que ocupaba las tierras. Sólo con el descenso de este sector de la población en el siglo XVI, habría una gran cantidad de tierras disponibles. “A partir de la segunda mitad del siglo XVI, el desinterés de los españoles por la tierra y las actividades agrícolas cambió repentinamente, y empezaron, cada vez más, a solicitar nuevas mercedes de tierras” . Comenzó a darse entonces una idea de tratar de tomar todas las tierras aledañas a la encomienda y pedir título de propiedad. Vale recordar que la encomienda le era otorgada al encomendero por la corona, pero las tierras aledañas a la encomienda eran entregadas por el Cabildo de la ciudad. Esta situación no sería otra cosa, con el correr del tiempo, que el puntapié inicial para lo que se denominaría en el futuro la “hacienda”.

Esta idea de propiedad privada es también no sólo dada por el establecimiento de los límites y la mensura de las tierras entregadas en merced, sino que eran mensuradas por un Juez del Cabildo especialmente asignado para ello, y que además atestiguaba el título de propiedad que se le estaba entregando.

Un creciente número de españoles encomenderos, como también otros menos privilegiados, se aprovecharon del mecanismo de la distribución de la tierra, generándose a lo largo del tiempo una diferenciación entre las tierras destinadas para pastar, denominadas “estancias” y las dedicadas a los viñedos, cultivo de granos y vegetales, denominadas “chacras”.

Los indios producían artículos europeos para poder vender a cambio del metálico que necesitaban para pagar el tributo. Indudablemente el cultivo o fabricación de productos europeos constituía un paso en dirección a la hispanización de dichos individuos. Los bienes eran producidos o hechos exclusivamente por indios como artículos tributarios, no había ninguna intención de integrarlos en la vida indígena.

El tributo se convirtió en uno de los principales mecanismos de control ejercido por los encomenderos sobre los indígenas, y sus recaudadores tributarios, que normalmente eran indios, se hallaban entre los agentes de los encomenderos más temidos. Al igual que en otros aspectos de la encomienda, los excesos que se cometían en la recaudación del tributo fueron posibles debido a la dependencia de los encomenderos respecto de los jefes indígenas locales.

Durante el primer período, el tributo era entregado al cacique, y bajo su dirección se extraía una parte del mismo, para luego transferirla al encomendero. En la ausencia de dicha cooperación de los caciques, los españoles no tenían los medios adecuados para exigir de los indios los pagos del tributo, por otra parte, esta cooperación también permitía a los caciques absorber gran parte de los tributos indígenas para su propio enriquecimiento. La cantidad tributada se componía normalmente de un pago en dinero y de un pago en especias, y los valores de estas variaban considerablemente de un lugar a otro. El gobierno español, con la siempre necesidad de encontrar fondos, a fines del siglo XVI y durante el siglo XVII, impuso nuevos impuestos a los indios bajo títulos tan especiales como servicio y ministros.

En pocas líneas podríamos decir que la encomienda, vía de acceso a la propiedad de la tierra, es una institución que permite controlar el espacio que se conquista, ya que permite organizar las sociedades existentes en beneficio de la corona española. El logro de los españoles fue poder acomodar las instituciones peninsulares como la encomienda a un modelo de poblamiento y a un sistema de extracción de tributos y de trabajo preexistente.

Los conquistadores rápidamente diseñaron una división del trabajo entre las comunidades indígenas tributarias, que tomaba en cuenta sus tradiciones productivas locales y les permitió así aprovechar las peculiaridades de cultivos y productos para el intercambio y su mantenimiento como clase dominante. La Relación Marroquín de 1532  menciona 22 productos producidos por 49 pueblos tributarios de la provincia de Cuscatlán. En el caso del poblado de Cuscatlán, este producía maíz, piña, fríjol, chile, pavos, algodón, ropa, miel y cera.

Encomienda y aculturación. El discurso de dominación y la religión católica

La encomienda fue una institución de control, pero además fue una institución de transición entre un período de guerra y de paz, entre el tiempo de tomar conciencia de vencedores y vencidos.

Con la interpelación entre el español y el indígena se da un proceso de aculturación continuo que modificó tanto las organizaciones indígenas locales como a los españoles. Esto se advierte en la intención de la cultura peninsular de lograr un traslado de costumbres y organizaciones de Europa hacia Hispanoamérica, para establecer la Nueva Europa. El sistema de “encomienda” parecía ser la fórmula ideal para las relaciones hispanoamericanas; ahí los encomenderos percibían tributos o servicios personales y a cambio de ello, el encomendero debía ocuparse de la instrucción y evangelización del indio encomendado.

El proceso de aculturación se puso de manifiesto desde la figura del español como dominador (pasando por los discursos religiosos) hasta en el desarrollo de la vida cotidiana de los grupos indígenas. La aculturación no sólo se dio por la presencia del español, sino que también en los aspectos cotidianos nuevos a los que se enfrentó el indígena, como la producción de determinados cereales, como es el trigo, como el pago tributario.

Con referencia a la aculturación, este concepto pone el acento en las transformaciones de las culturas receptoras cuando hay un proceso de dominación, como en el caso de la colonización. Se refiere a la deculturación o pérdida de contenido de estas culturas, que es un aspecto de la aculturación. En el caso de América, encontramos una asimetría total, con un claro desarrollo de dominación, que es violenta, acelerada, e impuesta.

En relación al proceso de “evangelización” llevado a cabo por los europeos, hay una clara demostración de imposición, y no cabe dudas de que el conquistador define al indígena con ciertos elementos que son funcionales en su cultura y que, en última instancia, benefician el logro de su objetivo: si el dominado cree y tiene fe, es un “potencial creyente católico”, al cual se deberá guiar y encaminar en la santa fe y las buenas costumbres. Dentro de cada institución española instalada en América había ciertos requisitos en cuanto a lo que a religión se refiere y más allá de la supuesta situación de comprensión ideológica, hay un ataque al accionar cotidiano del indígena y sus creencias. La no aceptación de los hábitos indígenas en el espectro espiritual da cuenta del fuerte accionar ideológico de las premisas del catolicismo.

Es verdad que los misioneros actuaron a menudo como un freno para la explotación abrumadora, constituyendo una alternativa a los enfrentamientos armados y una posibilidad para el indígena de compartir un dios que lo protegiese de los estigmas de su origen y le brindaran un teórico derecho a la igualdad, pero como siempre, todas estas ventajas ofrecidas al indígena fundamentaron un paternalismo que se aprovechó al máximo por el misionero para generar dependencia, puesto que en sus manos estaba convertir a aquél en un “ser humano” y defenderlo de los excesos de la encomienda, las “rancheadas”(saqueos militares) y el exterminio. “España no conoció más discriminación racial que la consagrada en un cuerpo de disposiciones paternales y protectoras del indio contra la rapacidad y el mal ejemplo de los españoles, y si esas medidas no dieron el fruto esperado, debe reconocerse el propósito del intento que, a pesar de todo, no dejó de cumplirse de cierta manera en el mestizaje” .

Los esfuerzos que se hicieron por “evangelizar” a los habitantes del suelo americano no alcanzaron, hubo mucha resistencia, por parte de estos, en aceptar “verdaderamente”(si se permite la expresión) esta nueva creencia. Amadeo Frezier considera:

“La religión cristiana, que se les hizo abrazar, todavía no ha arraigado bien en el corazón de la mayoría de ellos, donde conservan una marcada inclinación por su antigua idolatría; con frecuencia se descubre que aún adoran a la divinidad de sus mayores, es decir, el sol; sin embargo, son naturalmente dóciles y capaces de aprender lo bueno en cuanto a costumbres y religión, si tuviesen buenos ejemplos ante sus ojos; pero como se los instruye mal y como, por otra parte, ven generalmente que quienes les enseñan desmienten con sus actos lo que dicen por la boca, no saben qué deben creer. En efecto, cuando se les prohíben las mujeres y ven que el cura tiene dos o tres, deben sacar como consecuencia natural, o bien que éste no cree lo que dice, o bien que transgredir la ley es un pequeñísimo pecado” .

Digamos entonces que, más allá de los objetivos supuestamente redentores declarados, la consecuencia del desmantelamiento de las culturas propias es la resignada sumisión del indígena y su integración, siempre degradada, al modelo de civilización occidental. Podríamos decir que España bajó toda una cultura, una cosmovisión que entró en guerra con las culturas locales. No se detuvo, siguió su camino y no le interesó integrar todas las culturas de ese Nuevo Mundo, desconocido y profundo.

Estructuras de tenencia de la tierra

Durante la colonia, la estructura de la tenencia de la tierra se fue modificando con el inicio del despojo de los indígenas de sus tierras comunales y la concentración de las mismas en pocas manos, y se originó una nueva forma de producción denominada la hacienda, germen de los grandes latifundios.

Ha inicio del siglo XIX la propiedad de la tierra estaba establecida de la siguiente forma:

Las tierras realengas o de propiedad exclusiva de la Corona española.

Las tierras que poseían los indígenas a título de usufructo legítimo, con carácter comunal, en reconocimiento a antiguos derechos anteriores a la conquista.

Las tierras entregadas en usufructo vitalicio a los encomenderos (y que facilitan posteriormente la propiedad privada sobre la tierra)

Los llamados “Ejidos” o “tierras de propios”, terrenos adscriptos a los municipios, como parte de la política colonial de agrupar a los indígenas alrededor de los centros urbanos.

Como el territorio salvadoreño carecía de riquezas minerales importantes, la agricultura se transformó en la base de las actividades económicas. Entre 1550 y 1600, las dos actividades principales fueron el cultivo del cacao, realizado principalmente en la región de Izalco en el actual departamento de Sonsonate; y la extracción de la resina del árbol de bálsamo en la región costera. En el siglo XVII, la siembra del cacao decayó, y fue sustituido por el cultivo del jiquilite, la planta que sirve de base para la elaboración del colorante del añil. Estos cultivos estuvieron determinados por las necesidades del mercado exterior que impuso la Corona española.

Hacia el siglo XIX aparecieron otras formas de extorsión y de impuestos fiscales. Además del pago de tributo en especie de productos del agro o manufactureros a las autoridades españolas, existió la habilitación. Ésta era un préstamo de dinero que los jornaleros recibían en proporción al valor de las cosechas o el trabajo a realizar. Por otra parte, la Iglesia Católica cobraba diezmos y primicias y el fisco la alcabala.

Durante el período colonial, se produjo un proceso de mestizaje entre indígenas, españoles y en menor porcentaje negros. Para el momento de la independencia, los mestizos constituían la mayor parte de la población del territorio.

La sociedad colonial salvadoreña estaba fuertemente segmentada. Por un lado, existía toda una codificación acerca de las relaciones entre los grupos étnicos. Existía el concepto de que la posición que una persona ocupaba en la escala social debía estar de acuerdo con una supuesta mezcla de sangres. Mientras más sangre española, mejor posición, por ello los españoles peninsulares ocupaban las posiciones de privilegio, en especial los puestos más altos del gobierno colonial.

Organización territorial de El Salvador en la colonia

La Nueva España (1535-1821) era el virreinato español que se extendía desde el Oeste de los Estados Unidos hasta Costa Rica en Centroamérica, teniendo su capital en la Ciudad de México. De este virreinato dependía la Capitanía General de Guatemala (comprendida por los actuales territorios de Guatemala, Costa Rica, El Salvador, Honduras y Nicaragua).

Desde 1532 hasta 1786 el territorio que en el futuro sería El Salvador, estaba dividido de esta forma:

Alcaldía Mayor de Sonsonate (los actuales departamentos de Sonsonate y Ahuachapán).

Alcaldía Mayor de San Salvador (con toda la zona central y el Departamento de Santa Ana).

Alcaldía Mayor de San Miguel (toda la zona oriental).

Desde 1786 hasta 1824, como parte de las reformas borbónicas, se reorganizó el territorio en dos unidades administrativas:

Alcaldía Mayor de Sonsonate.

Intendencia de San Salvador (formada por las Alcaldías Mayores de San Salvador y San Miguel).

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Referencias Bibliográficas

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Cita recomendada en formato APA

Briñis Zambrano, A. (2024). Historia de la conquista. Revista Nuestro Tiempo, 20(1), pp. 1-6.